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VIAJE POR ESPAÑA Y PORTUGAL CON EL TAMORE

Introducción

La afición a la mar ha sido una constante del fundador de esta empresa familiar, y la de uno de los hijos de éste, Carlos, compartiendo ambos el gusto por la navegación y las aventuras que ello conlleva, además de realizar trabajos profesionales de peritación de daños en embarcaciones deportivas.

Esta afición nos llevó a contactar en nuestra ciudad de Santander con José Manuel Baldor, estudiante de náutica entonces, con quien realizamos numerosas navegaciones domingueras en un antiguo velero que utilizábamos, de fabricación casera aunque construído con arreglo a los planos de una revista inglesa y al que denominábamos coloquialmente El Armario, y que contribuyó a iniciar una buena amistad que perdura hasta ahora, entre otras cosas, por haber pasado juntos en él momentos de verdadero peligro.

También ha habido momentos ciertamente agradables en otras navegaciones de placer en aguas de Santander y de Mallorca, en donde tuve la ocasión de realizar con José Manuel otro transporte, esta vez nocturno, de una Sunsyker, pero en definitiva, lo que quiero plasmar con estas connotaciones es que entre José Manuel y nosotros existen lazos de amistad y una afición compartida, y que en ambos casos se da la circunstancia de que esa afición por la mar forma parte también de nuestro trabajo profesional.

Sólo así se comprenderá, el que a José Manuel se le ocurriera pensar en nosotros cuando recibió el encargo de transportar un Grand-Banks desde Saint-Tropez a Saxenxo, del prestigioso broker Fernando Yarto. Para él, suponía la seguridad de verse atendido en las costosas tareas de la navegación, y para nosotros, la oportunidad de unas cortas vacaciones de aventura practicando nuestro deporte favorito, así que no nos lo pensamos dos veces,

cancelamos temporalmente nuestros compromisos laborales y familiares, y adquirimos dos pasajes para el vuelo de las 12,30 horas en Air Europa, del día 21 de Octubre de 1.999, desde Santander a Barcelona.

Lo que sucedió después, lo tienen resumido a modo de diario de navegación en las páginas siguientes si tienen la paciencia de seguir leyendo, y por si no se encontraran con ganas para finalizar esta lectura, les anticipo que todos los que participamos en esta aventura salimos reforzados física y moralmente, que hubo momentos de dureza del temporal que debilitaron nuestras fuerzas incidiendo en nuestro ánimo, y que quedó patente la pericia del capitán que supo sacarnos del apuro y crear un bonísimo ambiente de convivencia, logrando que cada uno de nosotros cumpliera con eficacia las tareas encomendadas, y haciendo posible al final del viaje que el balance de daños habidos se concretara en tres vasos rotos.

Les sugiero, caso de que decidan afrontar la tarea de lectura, que la hagan de forma despaciosa y con la calma suficiente que haga posible el desentrañar cada palabra y cada frase en su medida exacta, ya que han sido escritas eliminando literatura superflua y haciendo un ejercicio de síntesis para no hacer demasiado largo este relato.

 

Embarcación: Grand-Banks, 46 pies, 13,8 de eslora, 4,2 manga, y 1,20 de calado, con dos motores Volvo de 308 C.V. cada uno, y de nombre Tamore

Tripulantes: José Manuel Baldor, 40 años, capitán

Emilio García, Patrón de Embarcaciones Deportivas, marinero

Carlos García, Perito Mecánico, marinero y motorista

Manuel Iglesias, Patrón de Pesca, marinero

 

21 de Octubre de 1.999, jueves, primer día

Llegada al aeropuerto del Prat a las 13,40, y traslado en taxi a Sitges llegando al puerto de Aiguadolç a las 14,30, donde establecimos contacto con los compañeros de aventura que nos aguardaban, José Manuel Baldor y Manuel Iglesias, quienes nos informan que se estaba a falta de sustituir la bomba de achique de la ducha del camarote de proa, después de las presentaciones de rigor.

Tras la inspección del buque y acomodo de equipajes, se hace la primera comida en tierra en un modesto restaurante cercano, en el que tenemos la oportunidad de conocer al broker Fernando Yarto, prestigioso profesional con más de treinta años de experiencia en su actividad, que acompañado de su esposa Angelines, pintora de depurada e inspirada técnica, comía también allí.

Se comentan diversos aspectos del viaje, poniendo el acento en el mal estado de la mar en esos momentos, si bien, se dice para animar al personal que la tendencia es a amainar el temporal que en estos días azota el Mediterráneo, ofreciéndose Fernando a transportarnos en su coche a Catelldefells para adquirir la bomba de achique de la ducha, que fue montada en el barco ese mismo día, haciendo honor a la tradicional eficacia catalana y a la contundente mano de obra cántabra.

Iniciamos un compás de espera para ver de confirmar la tendencia a amainar que se nos decía, aprovechando para comprobar el buen funcionamiento de los aparatos de navegación del Tamore y ubicando los enseres y pertenencias ordenadamente en su interior, decidiendo ya entrada la noche el dar un paseo a pie hasta Sitges, donde cenamos una estupenda paella regada con vino de Rioja, que nos hizo sentirnos más fuertes para afrontar la aventura que estaba a punto de comenzar.

 

Al filo de la medianoche emprendimos el regreso a pie al Tamore, amarrado aún en el puerto de Aiguadolç, decidiendo por el camino el zarpar de inmediato por haber amainado de forma ostensible la fuerza del viento.

 

22 de Octubre de 1.999, viernes, segundo día

Justo en el momento de zarpar del puerto de Sitges a la 1,45 horas, advertimos que no funciona la hélice de proa y se hace difícil el desatraque, por lo que el capitán decide sin pensárselo dos veces el zambullirse para averiguar el motivo, comunicándonos tras un breve buceo que está roto el pasador que une la hélice al eje del motor propulsor que la acciona, y que ha desaparecido aquella. Tras una consulta con la tripulación mientras le facilitamos toallas, decide el zarpar de inmediato para aprovechar la momentánea bonanza e intentar la reposición de la hélice de proa en alguna de las escalas que nos veremos obligados a hacer, en las más de mil millas náuticas que nos separan de nuestro destino en aguas gallegas.

Y así, sin más palabras, iniciamos esta aventura a bordo del Tamore, fantasmalmente iluminados por una luna mediterránea en todo su esplendor, animados por tener un capitán que no regatea esfuerzo para salvaguardar la seguridad del buque y sus tripulantes, confortados por la preocupación del armador al ser testigos de varias llamadas interesándose por los detalles de los preparativos y disponiéndose a seguir en contacto permanente con nosotros por vía inalámbrica, y seguros, por ver la forma de comportarse el barco en estos momentos iniciales de la singladura. Gracias Baldor, y gracias Enrique, por habernos dado esta oportunidad.

 

El capitán Baldor nos comenta tras una hora de navegación y enfilando un rumbo SW, que nuestro inmediato contratiempo puede estar a la altura del Delta del Ebro por ser zona de bajío por los sedimentos fluviales, en la que la mar rompe más violentamente y se forman olas de mayores dimensiones, y que por motivo de las anteriores y frecuentes lluvias pueda suceder que la crecida del río conlleve el arrastre de árboles u objetos semiflotantes de gran tamaño, existiendo riesgo de colisión al ser de noche.

Por este motivo, permanecemos todos en el puente atentos a detectar cualquier posible obstáculo y escudriñando en la oscuridad de la noche. La fuerza del viento era 2/3 en el momento de zarpar, y detectamos un aumento progresivo de su intensidad que nos hizo pasar de los balanceos iniciales a unos cabeceos y algún que otro pantocazo que nos intranquilizaron e hicieron su efecto en Manuel, que con los primeros síntomas del mareo decide acostarse en su camarote.

Quedamos en el puente Baldor, Carlos, y el que esto escribe, dando fé del excelente comportamiento del Tamore, que llegó a soportar esa noche vientos de fuerza 6/7, encabritándose sobre las crestas de las olas que cada vez con más fuerza nos zarandeaban y barrían la cubierta y el parabrisas del puente con furia rabiosa, dejándonos en ocasiones como única visión su nítida blancura cegadora durante varios segundos que nos parecían interminables.

En esa noche de Walpurgis se turnaron en el timón Baldor y Carlos, que aunque muy cansados, no quisieron pedirme que les relevara aconsejándome que me sujetara bien fuerte y que vigilara los pertrechos y objetos del interior, cosa que agradecí en mi fuero interno.

Con las primeras luces del alba, el temporal lejos de amainar, arreció, sacudiéndonos con vientos de fuerza 7/8 que nos pusieron a prueba, aumentando nuestra intranquilidad por no divisar en todo el trayecto embarcación alguna y escuchar por la radio de abordo partes meteorológicos nada favorables, pero contentos por haber pasado por fin el temido Delta del Ebro y divisar a lo lejos la entrada del puerto de San Carlos de la Rápita.

Sin embargo, Baldor tras una consulta en la carta, dictamina que es mejor arrimarse lo más posible a tierra para estar más al abrigo del temporal del SW que nos azota, y ganar recorrido para intentar entrar de arribada forzosa en el puerto de Vinarós, y mientras se espera a que mejore el tiempo se podría intentar la reposición de la hélice de proa. La propuesta parece acertada y Carlos da su aprobación, y yo, a pesar de que lo que más deseaba en ese momento era conocer San Carlos de La Rápita, me sorprendí a mí mismo diciendo que bueno, que total 30 millas más o menos, zarandeados por un temporalucho de nada, era mejor entrar en Vinarós como decía Baldor, que para eso era el capitán. Así que con la propina de 30 millas más, arribamos por fin al modesto puerto de Vinarós al filo de las tres de la tarde, amarrando al costado del velero Esperanza, cuyo único tripulante, el alemán Bernd Rebmann, nos acogió y proporcionó las primeras ayudas, felicitándonos y dándonos calor humano de verdadera acogida.

Al intentar activar la cocina para preparar un café reparador, nos percatamos de que no funcionaba el generador de corriente, aceptando la hospitalidad de Bernd para entrar en el Esperanza, lo que nos permitió conocer un interior de barco surrealista donde el desorden era el rey. Con la herramienta que nos facilitó, Carlos se puso manos a la obra con la ayuda de Manuel, ya repuesto del mareo, consiguiendo reparar la avería del generador de corriente del Tamore consistente en una obstrucción del circuito del combustible, y hacerlo funcionar a pleno rendimiento. Mientras tanto, el capitán Baldor ha conectado telefónicamente con alguien que se compromete a poner una hélice de proa para el Tamore a las 10 de la mañana del día siguiente en el mismo pantalán en el que estamos atracados, y por otro lado, ha concertado una cita con un hombre-rana local a la misma hora, día, y lugar, para colocarla.

Reina la alegría en la tripulación después de las fatigas pasadas, y Emilio para no ser menos y para celebrarlo , se hace con la dirección de un buen restaurante cuyo chef y propietario es profesor de aikido y antiguo amigo, Roland Thardy, que regenta La Cuina, en el Paseo Marítimo de Vinarós. Allí nos fuimos, y disfrutamos de una cena en exclusiva con menú francés y buenos caldos. Gracias, Roland. Regreso al barco a pie en agradable paseo, velada a bordo con Bernd que nos deleitó con su conversación y sus ocurrencias y relatos hasta pasadas las 4 horas de la madrugada, y sueño profundo en los camarotes del Tamore reponiéndonos del esfuerzo de tan penoso tramo de nuestro viaje.

23 de Octubre de 1.999, Sábado, Tercer día

Se inicia la jornada a las 7,30 horas con un paseo por cubierta para inspeccionar amarras y observar el cariz del tiempo, y tras el desayuno y aseo personal de la tripulación se destacan Manuel y Emilio a la ciudad de Vinarós para comprar pan, víveres, y prensa, regresando nuevamente al Tamore a tiempo de ver como llegaba puntualmente la hélice de proa servida por Seur, aunque el buzo que se había comprometido para colocarla no aparece, para desesperación de Baldor, que arremete furioso en una reflexión filosófica contra las costumbres españolas y nuestra tradicional informalidad. Le calmamos entre todos, y le proponemos dedicarnos a tareas de limpieza y revisión de todos los mecanismos del Tamore para hacer tiempo, y cuando estamos en esta faena recibimos la inesperada visita de Roland Thardy, que se ha acercado al muelle para despedirnos y desearnos un feliz viaje.

A las 11,30 horas llega el buzo cuando estábamos a punto de zarpar, y tras zambullirse en las aguas del puerto de Vinarós nos informa que no es posible cambiar la hélice de proa porque el pasador que la sujeta se ha truncado y se ha quedado encastrado en el eje el trozo interior, lo que hace de todo punto necesario poner en seco la embarcación si se quiere realizar la reparación con todas las garantías, con gran cabreo de Baldor, que ordena soltar amarras para aprovechar la indudable bonanza del tiempo al filo del mediodía de este sábado de Octubre, zarpando después de despedirnos de Bernd, de Roland, y de los celadores del puerto, tras haber llenado los tanques de agua potable, a las 12,15 horas, con un sol radiante y una mar casi en calma.

Viento del SW de 20 nudos y mar rizada hasta llegar a la altura de Castellón, realizando esta primera guardia el mismísimo capitán Baldor y el que esto escribe, Emilio, quien se hizo cargo del timón para permitir al capitán, y marmitón en este caso, preparar la comida. Se sirve por Baldor el menú, consistente en fabada asturiana, yogur, y fruta, todo ello con pan del día y amenizado con un rioja.

Se conecta el piloto automático coincidiendo con la evidencia de gozar de una mar totalmente en calma, cambiando el viento a NW de 20 nudos que nos entra por la amura de estribor como un regalo de la diosa naturaleza, y alcanzando el Tamore con facilidad los 11 nudos en navegación de crucero. Esta situación nos permite disfrutar del puente alto y las amplias cubiertas del buque, pasando muy cerca de Peñíscola y Benicarló, y pudiendo admirar la blancura impoluta de las casas y la indudable belleza de la Costa del Azahar.

A la altura de Benicasim, el capitán pone rumbo al Cabo de San Antonio, lo que nos separa bastante de la costa, si bien, la bonanza existente aconseja esta medida para avanzar más en la singladura. Reina optimismo y buen humor en la tripulación, que se traduce en la obtención de fotografías y en gastar bromas a Manuel por el mareo que sufrió en la primera etapa, y se navega todo el día y la noche respetando escrupulosamente los turnos, haciendo consultas frecuentes en la carta, situándonos en todo momento con el GPS, y cambiando impresiones sobre aspectos como previsiones para las próximas etapas que nos aguardan y la maravillosa forma de comportarse el Tamore, tanto en la tempestad como en la calma.

24 de Octubre de 1.999, Domingo, 4º Día

Tras divisar a lo lejos Castellón y dejar atrás las luces de Valencia Gandía, Denia, y la del faro del Cabo San Antonio, llegamos a la altura del Cabo de la Nao, donde se pone un rumbo W enfilando Benidorm y estando a su altura a las 3 horas de la madrugada de este domingo de Octubre, pasando muy cerca de la imponente mole del Peñón de Ifach, y llegando al magnífico puerto de Villajoyosa a las 4 horas.

 

Nuestro objetivo era recibir en él los cartuchos de las cartas de navegación de las zonas por las que teníamos que pasar, para utilizarlos en el plotter de a bordo y así tener una información más pormenorizada de la navegación que nos aguarda, asunto muy importante que Baldor había coordinado anteriormente con Fernando Yarto, quien se había comprometido a que los cartuchos electrónicos estarían en Villajoyosa cuando nosotros llegáramos.

Lo intempestivo de la hora hacía difícil el agilizar la entrega, anunciándonos el vigilante que salió a recibirnos que hasta las 10 horas no se abriría la Capitanía de Puerto, lugar en el que se suponía deberían estar los cartuchos caso de haber llegado, y que lamentaba mucho no tener llaves de la dependencia ni autorización para permitirnos el acceso a ella, lo que suponía una espera de 6 horas.

La magia de Baldor, hizo que el simple ofrecimiento de una propina/gratificación refrescara la memoria del corpulento vigilante quien recordó de repente que sí tenía las llaves, y que comentara condescendiente que estaba dispuesto a ayudarnos para evitarnos la espera, y para que aprovecháramos el buen tiempo reinante para quitarle millas al recorrido que nos faltaba.

Y sin más, franqueó la entrada a Baldor y Carlos, mientras Manuel y yo esperábamos ansiosos en el exterior de la gran explanada. El gesto de Baldor levantando el brazo con los cartuchos asidos, nos reveló de lejos que la gestión había tenido éxito. (Gracias, Fernando Yarto). Para celebrarlo, decidimos prepararnos algo de comer en el Tamore, sin saber muy bien si se trataba de un desayuno, de un almuerzo, o de una cena. Era igual. Devoramos lo que mejor nos pareció de los víveres de los que disponíamos a bordo, y zarpamos de inmediato en la negrura de la noche enfilando rumbo directo a Torrevieja, a donde arribamos al filo del mediodía.

Hacemos consumo de agua y gasóleo, saltando a tierra Emilio para comprar provisiones y prensa que incluyeron pasteles del día y pan tierno, y en el descanso de 2 horas que nos tomamos para comer desordenadamente, seguimos manteniendo el mismo espíritu optimista, enturbiado sólo por las malas noticias que nos llegaban por radio y prensa de un próximo empeoramiento del tiempo en la zona en la que estábamos. Nos faltaba aún mucho más de la mitad del recorrido, y los pronósticos no eran muy halagüeños al anunciar vientos de Poniente de fuerza 5/6.

A pesar de todo, zarpamos de Torrevieja a las 14 horas, con unos balanceos en la misma bocana del puerto que no presagiaban en modo alguno una navegación placentera, cruzándonos con un velero, un 50 pies, de cuyos tripulantes recabamos información a gritos sobre el estado de la mar, siendo informados también a gritos de que hasta el Cabo de Palos la cosa estaba bien, por lo que ponemos un rumbo S enfilando directamente allí, comprobando que la información recibida por métodos medievales había resultado fidedigna, y pudiendo admirar la belleza a plena luz del sol de La Manga del Mar Menor.

Ya momentos antes de doblar Palos, advertimos que subía la fuerza del viento y el tamaño de las olas, lo que nos hizo desistir de poner rumbo al Cabo de Gata que hubiera sido lo lógico, ciñéndonos a la costa con un rumbo W para estar más al abrigo del ventarrón del NW que ya se dejaba notar con vientos de fuerza 6 . Escuchamos por la radio que se avecinaba un aguacero, que nos pilló estando a la altura de Escombreras, aumentando el viento a fuerza 8 cuando avistamos la entrada del puerto de Cartagena. Varias veces pensamos sugerir al capitán el entrar al abrigo de éste, pero por alguna razón que no acierto a explicar ahora, nadie dijo nada y Baldor continuó a la caña, siendo en el Cabo Tiñoso cuando nos encontramos con mar de fondo del SW y olas de 3 mts, posiblemente por rebote de la costa, lo que originó una mar "confusa", según definición de Baldor, que nos zarandeó a su antojo e hizo que la tripulación sugiriera ya abiertamente el entrar en Mazarrón, cuando las primeras sombras de la noche empezaban a envolvernos.

Al final, se impuso el criterio de Baldor de seguir aguantando e intentar acercarnos a la costa almeriense para entrar en el puerto de Garrucha, cerca de Mojácar, lo que suponía 30 millas más, si bien, hay que decir que el aguacero había remitido bastante, lo mismo que nuestras fuerzas, pero que se hizo bueno el refrán de "donde hay capitán no manda marinero."

Con mar de marejada a fuerte marejada, divisamos al filo de las 11 de la noche las luces de Garrucha, puerto mal señalizado y sin servicios a esa hora, enfilando su bocana a 10 nudos y con la inestimable ayuda del radar, ya que ninguno conocíamos ese puerto, atracando en el muelle de la gasolinera donde fuímos amablemente recibidos por la Guardia Civil, que tras los trámites y preguntas de rigor nos informaron del único restaurante que estaba abierto a esa hora de la medianoche.

Allí nos dirigimos a pie, y vive Dios que mereció la pena, ya que sin ser un menú especial nos supieron a gloria las delicias que nos sirvieron, desatando nuestra lengua el vino para entonar el "mea culpa" por haber presionado a Baldor para entrar en otro puerto anterior asustados por el temporal, y agradecerle muy sinceramente su firme decisión que hizo que estaríamos allí en ese momento feliz de solaz, con el barco atracado e indemne a apenas 800 mts.

Pasadas las 2 de la madrugada, regresamos al Tamore tras sortear los obstáculos que el celo de la Guardia Civil nos planteó por cerrar las puertas de acceso al puerto, y sueño profundo en sus camarotes en la increíble calma de la noche.

25 de Octubre de 1.999, Lunes, 5º día

A las 8,30 horas fuimos despertados por el capitán, que habiéndose percatado de una mejoría notable del tiempo calienta los motores y se dispone a desatracar, poniéndonos todos de inmediato a colaborar en esta operación, haciendo posible que zarpemos de Garrucha a las 9,15 horas.

Duchas y desayuno a bordo y sobre la marcha, ganando millas con buena mar y velocidad de 11,8 nudos y la máquina a 2.200 R.P.M., lo que nos permite avistar el Cabo de Gata a las 12 horas en una navegación placentera que contrasta con la del día anterior. Se pide información por radio a la costera Gata Tráfico sobre las previsiones meteorológicas de la zona, siéndonos amablemente facilitada, y así sabemos que nos esperan vientos de Poniente de fuerza 5 y mar de marejada a fuerte marejada, Señor qué cruz!, que no se corresponde con lo que estamos viendo, ya que podemos mantener la velocidad y el Tamore se balancea lo normal. Seguimos conversando con el operador de Gata Tráfico, en el Cabo de Gata, identificándonos más ampliamente y relatándole resumida nuestra aventura de más de mil millas marinas, asombrándose de nuestro espíritu deportivo y deseándonos una feliz arribada en Galicia.

Haciendo caso omiso de las previsiones y con las debidas reservas, el capitán decide poner rumbo directo a Gibraltar a las 14 horas, con un sol en toda su plenitud y luminosidad y con una mar bella cual si de un lago finlandés se tratara. Pese a la distancia, pudimos contemplar con toda nitidez aunque con prismáticos, la costa almeriense, desangelada y desértica en las cumbres, y fértil y plagada de invernaderos en la falda del monte y en la llanura, dando la impresión de que el hombre había querido ofrecer un regalo cuidadosamente envuelto en papel de celofán blanco de algo que él considera lo mejor, la tierra misma, a todos los navegantes que en todo tiempo han surcado estas aguas del viejo Mediterráneo.

Las cumbres nevadas a lo lejos nos anuncian que hemos llegado a la costa granadina y el GPS nos indica que estamos frente a Motril, decidiendo Baldor entonces conectar el piloto automático y ejercer de cocinero, poniéndose a continuación a preparar la comida con mucho arranque, lo que nos obliga a colaborar a todos en las tareas culinarias más básicas con gran entusiasmo.

El menú consistió en espaguetis boloñesa, sardinas y calamares en salsa picante, con postres de queso de tetilla, frutas, y yogur, regado todo ello con un rioja que apareció misteriosamente debajo de un asiento del salón, y coronado con un café delicioso .

 

Nos acompañan algunas manadas de delfines, mostrándonos fugazmente sus lomos y anatomía en los increíbles saltos fuera de su elemento, pareciéndonos a nosotros que lo hacen a guisa de saludo entre camaradas del mar, y confortándonos por sentirnos más seguros flanqueados con su compañía a modo de escolta.

Se comenta a bordo que nos acercamos al ecuador del viaje, y nos sentimos dichosos por haber superado las pruebas anteriores y estar empezando a ver

los frutos de nuestro esfuerzo.

Tras rebasar Almuñécar, trópico de Europa, divisamos ya las luces de Málaga, Torremolinos, y Fuengirola, y más adelante las de Marbella y Estepona, navegando en toda esta singladura con el piloto automático y muy buen tiempo, pero con alguien de guardia permanente siempre en la caña, atento al radar y GPS y realizando de cuando en cuando una salida a cubierta para cerciorarse mejor de cualquier posible obstáculo, ya que entramos en zona de contrabandistas y pateras

y está dentro de lo posible el cruzarnos con alguna embarcación sin luces.

Nada de esto sucede por fortuna, y la navegación de rutina se ve alterada por la llamada de un amigo en tierra que sigue nuestra aventura por haberle advertido de ello con anterioridad, pidiéndonos nuestra situación e inquiriendo si hay alguna novedad a bordo. Se trata de un profesional de la mar también, Ricardo Freile, (Michi, para los amigos) capitán de la Mercante y actualmente destinado en el Centro de Salvamento Marítimo del Estrecho con base en Tarifa, gran experto en tráfico marítimo por ser controlador en un área de intenso tráfico de buques grandes y pequeños, incluídas pateras, y que acompañado de su esposa Enri se ha desplazado a Gibraltar para saludarnos.

Divisamos enseguida las luces de Gibraltar, que se confunden con las de numerosos barcos de gran tonelaje fondeados frente a la Roca y que veníamos divisando desde mucho antes , aprestándose el capitán a salir a cubierta para observar directamente y en vivo lo que le decía el radar sobre su posición exacta, sorteando sin dificultad y con el resguardo más que suficiente todos ellos, y enfilando rumbo directo a la bocana de Gibraltar.

Divisamos un automóvil que nos hacía señales con las luces en el mismo borde de Punta Europa, lo que amoscó a la "Police" de vigilancia del Peñón, identificándose Michi por el inalámbrico, pues de él se trataba, y comunicándonos que nos esperaban en el pantalán de obligado atraque de la Autoridad Portuaria de Gibraltar, a quienes había advertido ya de nuestra inminente llegada y motivo del viaje.

Allí se posó suavemente el costado de estribor del Tamore a las 4,40 horas del día siguiente ya, martes 26 de Octubre, tras cubrir el trayecto Garrucha-Gibraltar, en 20 horas de navegación ininterrumpida y a una velocidad de crucero de 12 nudos. Saludos efusivos en el mismo pantalán tras amarrar y mientras Baldor despacha papeles gracias a su correcto y fluído inglés, y recepción a bordo del Tamore ofrecida por la tripulación al matrimonio Freile, en la que se descorchan dos botellas de cava que estaban reservadas para la ocasión en el frigorífico de a bordo.

Al filo de las 6 horas se decide dormir un poco hasta las 7,30, ya que es necesario repostar y atracar en el puesto que nos han asignado las autoridades marítimas del Peñón y además tratar de resolver la cuestión de la hélice de proa que aún está inoperativa, ofreciendo gentilmente el capitán Baldor su magnífico aposento de la popa a los Freile, y durmiendo él en el sofá del salón.

 

26 de Octubre de 1.999, Martes, 6º día

Se inicia la actividad a las 7,30 horas dejando el muelle de acogida y atracando en el muelle de consumo, donde Baldor consulta precios del combustible entre los proveedores decidiéndose por uno que realizó una importante rebaja con relación a los demás, y llenando los tanques de combustible y de agua. Visita a unos astilleros por parte de Baldor y de Michi que le acompañó, para ver la posibilidad de sacar el Tamore del agua y colocarle la hélice, y éxito de la gestión, quedando en pocos minutos colgado de un "travel-lift".

Carlos se puso de imediato manos a la obra, pero el pasador incrustado en el eje de la hélice de proa precisaba de herramienta especial de la que no disponíamos. Sin embargo, Baldor hizo el milagro al localizar telefónicamente a un especialista que en esos momentos del mediodía se disponía a comer en su hogar, y hacerle que viniera al Tamore provisto de la preciada herramienta y además acompañado por su padre, maestro mecánico naval, por si habría alguna dificultad especial, quedando la hélice nueva colocada y operativa al cien por cien en poco más de dos horas, y el Tamore amarrado en el puesto del pantalán que se le había asignado, a las 14 horas.

Contentos por haber llegado al ecuador del viaje con todos los problemas resueltos y estar bajo pabellón británico, nos fuimos a comer a un restaurante del puerto deportivo de Gibraltar, el Raffles, donde se nos asignó un camarero que hablaba español y que cumplió su cometido de restaurador.

Aprovechamos el momento para hacer turismo por el reducido espacio de la Roca realizando algunas compras en Main Street, y alquilando el taxi de Douglas Santos por el resto de la jornada, lo que nos permitió admirar la mezquita del rey Saud, visitar la batería instalada en la cumbre del Peñón y las galerías que le horadan socavadas con fines militares y defensivos, y los simpáticos y traviesos monos que le pueblan, uno de los cuales se encaramó a la espalda de Emilio durante la visita, seguramente buscando cacahuetes y diversión.

Tras despedirnos del matrimonio Freile que ya regresaban en automóvil a su residencia de Tarifa, a las 21 horas zarpamos de Gibraltar enfilando el Estrecho por la banda costera que previamente se nos había asignado para atravesarle, con fuerte corriente en contra y viento de Levante de fuerza 5 aderezado con intenso tráfico marítimo, por lo que la travesía del Estrecho de Gibraltar ha de hacerse gobernando a mano para evitar que el barco se cruce al viento, dejando caer la caña totalmente a babor o a estribor, alternativamente, a fin de mantener el rumbo SW que precisamos para avistar la Punta de Tarifa, que es nuestro próximo objetivo.

En la mitad de esta travesía recibimos un aviso para los navegantes por el VHF de a bordo en el que se da la noticia de que un submarino de grandes proporciones acaba de emerger y de que es necesario darle un resguardo de 2 millas, aunque por fortuna no nos afecta por estar fuera de nuestro derrotero, lo que supone un gran alivio sobre todo para Emilio, que es quien gobierna la nave en este tramo dificultoso de la travesía luchando por mantener el rumbo pese al viento y a la corriente, aunque confortado por la presencia y las indicaciones de Baldor quien permanece junto a él en el puente en todo momento dando las instrucciones precisas.

A la medianoche avistamos Tarifa, punto final de Europa, y recibimos una llamada de Michi, quien nos comenta que desde su habitación nos está viendo pasar y que se despide de nosotros deseándonos un feliz viaje y buena arribada en aguas gallegas. En este final de la travesía del Estrecho, y siguiendo con el rumbo W para rebasar Zahara de los Atunes y el Cabo de Trafalgar para evitar una zona de bajos, echamos una mirada nostálgica al resplandor mágico de Tánger, otrora puerto franco y hoy integrada en el reino alauita siendo pórtico de entrada en el continente africano, que parece querer invitarnos a visitarla atrayéndonos con su luminosidad mágica de cuento de Las Mil y Una Noches.

A la altura de Cádiz, el capitán pone rumbo NW al puerto de Lagos, joya del Algarve portugués, navegando el resto de la noche a una velocidad de crucero de 12 nudos, con la máquina a 2.000 RPM y viento de Levante por la aleta de estribor, lo que permitió a la tripulación dormir hasta 8 horas seguidas en cada turno de guardia, y reponerse del agotamiento y cansancio generados por los maretones pasados en el Mediterráneo y la jornada de trabajo-turismo en Gibraltar sin apenas dormir. Habíamos entrado ya en el Atlántico, y empezaba a despejarse favorablemente la incógnita del mar proceloso, que pronósticos agoreros nos le habían pintado con temporales del NW, que por fortuna no veíamos. Lo cierto es que se podía navegar sin problemas, y que las olas eran mucho más tendidas y por tanto más fáciles de sortear que las del Delta del Ebro, mucho más cortas e imprevisibles.

27 De Octubre de 1.999, Miércoles, 7º día

Día especial para quien esto escribe por ser en esta fecha su 64º aniversario de nacimiento y 39ºde matrimonio, en el signo zodiacal de Scorpio, lo que motiva una llamada telefónica para felicitar a su esposa y recordarla qué día es éste.

Con las primeras luces del alba avistamos ya la costa portuguesa del Algarve, observando con prismáticos Isla Cristina, la ciudad de Faro, y las villas costeras de Albufeira, Quarteira, y Armaçao de Pèra, y más adelante, Lagos, en cuya entrada estaba fondeado un navío de guerra portugués, al que por sugerencia de Baldor saludamos preceptivamente arriando e izando el pabellón español de popa por tres veces, observando entre sorprendidos y emocionados como correspondían a nuestro saludo de igual forma, tras una carrera desenfrenada de dos marineros por la cubierta del navío para llegar a tiempo de hacerlo.

Entramos por el bello canal de acceso bordeando el paseo marítimo hasta el mismo corazón de la ciudad de Lagos, atracando en el pantalán de acogida de su puerto deportivo, justo antes del puente levadizo para peatones. Despacho de papeles con la autoridad portuaria, quienes gentilmente nos comunican que no nos cobrarán derechos de puerto si lo que queremos es visitar la ciudad y cambiar moneda. En compensación, llenamos los tanques de combustible y de agua, y corremos el barco un centenar de metros para dejar lugar a otros posibles nautas que pudieran llegar, amarrando, y saltando a tierra.

Recorrido a pie por el paseo marítimo hasta el centro comercial y urbano de la ciudad, y tras una visita obligada a una casa de cambio de moneda que permanecía abierta pese a ser fiesta local, fabulosa comida en terraza de la pintoresca calle de Gil Eanes en el restaurante O Pescador, a una temperatura de 25º a la sombra degustando delicias lusas a precios razonablemente moderados, bromeando entre nosotros con buen humos por ser conscientes de haber superado el ecuador del viaje sin incidentes, y gozando plenamente de las tradicionales amabilidad y hospitalidad del pueblo portugués.

Con este ánimo optimista, soltamos amarras del puerto de Marina de Lagos a las 18 horas con las primeras sombras del crepúsculo, poniendo un rumbo SW que nos llevó directamente a los acantilados de la punta de Sagres, a donde llegamos ya de noche pero a tiempo de ver sobre su cresta las luces de la imponente mole del edificio de la Escuela de Navegación de Sagres, taller de forja de los más afamados navegantes lusos que en el mundo han sido.

Rebasada la Punta de Segres, avistamos el faro del Cabo San Vicente y el capitán pone un rumbo N que enfila directamente Lisboa y pasa muy cerca del Cabo Espichel al que deja por estribor, según consulta que realizamos en la carta con las luces del interior de la cabina apagadas y a la luz de la linterna de a bordo, para no perturbar la visión del timonel.

Navegación ininterrumpida durante toda la noche con buena mar, y avistamiento de las luces de Estoril antes del alba, cambiando a rumbo E al llegar a la Punta de Caparica para entrar decididamente en el estuario del Tajo, lo que nos permite divisar el magnífico resplandor de las luces de Lisboa, el puerto estrella del Atlántico y nuestro inmediato destino .

El capitán Baldor elige uno de los numerosos canales de entrada señalizados en la carta, y navegamos tranquilos bajando la velocidad a 10 nudos por precaución. Al cabo de una hora de navegación, advertimos que por la aleta de babor se nos acerca peligrosamente un mercante que lleva un rumbo aparente similar al nuestro y que parece converger más adelante en un punto de posible colisión, originándose una espera tensa y vigilante que fue rota por la llamada del propio mercante a través del VHF, pidiéndonos rumbo y velocidad. Baldor establece con él las coordenadas adecuadas, acordando el que sigamos nosotros nuestro rumbo a la misma velocidad y que ellos bajarán la suya a 6 nudos, con lo cual se restablece la tranquilidad a bordo y podemos atracar en Lisboa a las 7 horas de este jueves 28 de Octubre, amarrando en el muelle de toma de combustible de Doca de Belém, en pleno centro de Lisboa, y justo entre el conocido y pétreo Monumento A Os Navegantes y el no menos conocido Puente del 25 de Abril.

 

28 de Octubre de 1.999, Jueves, 8º día

En la obligada espera de dos horas para que se abriera la estación de toma de combustible, (nos informaron que abría a las 8 horas pero no tuvimos en cuenta que Portugal se rige por hora Greenwick, es decir, a las 9 por nuestros relojes)

nos dedicamos a ordenar el interior del Tamore, al aseo personal, a desayunar, y a contemplar como se despertaba la ciudad y el fluir de los trenes repletos de gente y automóviles que se dirigían al centro, teniendo ocasión de presenciar el entrenamiento gimnástico matutino del Ejército Portugués en la gran explanada del Museo de la Marina, museo que visitaríamos poco después para fortuna nuestra.

Tras repostar haciendo consumo de agua y gasóleo, solicitamos autorización por radio para atracar, siéndonos asignado un puesto en la Doca do Bom Sucesso, distante unos 500 metros de donde nos encontrábamos y donde amarramos definitivamente en esta jornada, coincidiendo el momento justo del amarre con una llamada desde Santander de un gallego ilustre, Manuel Fernández Maneiro, geógrafo, alumno de aikido y amigo de Emilio, que se interesaba por el desarrollo de la aventura.

Cuando nos disponíamos a saltar a tierra para formalizar los trámites portuarios y disfrutar de la Lisboa antigua y señorial, fuimos interceptados en el mismo pantalán de la Doca do Bom Sucesso por la policía lisboeta, que subió a bordo por invitación nuestra, preguntándonos si transportábamos armas, drogas, o sustancias peligrosas, además de las preguntas de rigor del oportuno formulario oficial, departiendo amablemente con ellos y quedando gratamente impresionados de su amabilidad y sentido del humor, y realizando a continuación los trámites portuarios en la Capitanía del Puerto en la que se nos dieron toda clase de facilidades para nuestra corta estancia de un día, facilitándonos incluso un plano de la ciudad y el imprescindible "cartao" para poder acceder al puerto a la hora que mejor quisiéramos.

Por cercanía, realizamos la primera visita al Museo Da Marinha, al que llegamos a pie, y tras guardar cola como unos turistas más para adquirir los billetes de entrada, accedimos al noble recinto, pudiendo ver y tocar el pequeño velero estupendamente conservado en el que D. Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos, hoy Juan Carlos I Rey de España, ganaron una regata en Estoril allá por los años cincuenta, maquetas de numerosos navíos portugueses entre las que estaba la del Santa María, secuestrado por Galvao en un suceso espectacular acaecido a mediados de este siglo que ya finaliza, cuadros de los artífices de la gloria portuguesa en la mar y creadores del Imperio, Magallaes, Vasco da Gama, Gil Eanes, y otros, armas e instrumentos de navegación antiguos, astrolabios del siglo XV, etc, e incluso aviones e hidroaviones utilizados por la Marina, todo ello primorosamente guardado en un edificio gótico-neoclásico de gran belleza y alto valor artístico.

En la imponente escalinata de mármol que une dos plantas y en cuya pared están colgados los retratos de los padres del imperio portugués, pedimos a Baldor que posara bajo el cuadro de Fernando de Magallaës, para nosotros Magallanes, ya que por haber sido protagonista de la repetición de su hazaña mandando el velero Antaviana por las aguas del mundo, parecía lógico que tuviera el derecho de fotografiarse junto a su antecesor en la proeza, pese a estar prohibido el tomar fotografías en el museo. Afortunadamente logramos convencerle obrando en nuestro poder el documento gráfico, y en este punto quiero aprovechar la ocasión para pedir disculpas a los responsables del museo por haber contravenido la prohibición, sin haber tenido el valor de solicitarlo antes por miedo a recibir una negativa.

Continuamos nuestro periplo en Lisboa desplazándonos en taxi al Barrio del Chiado, corazón del alma lisboeta, por el que deambulamos comprando prensa y visitando el mítico café A Brasileira, por cuyo local han pasado artistas y personalidades de renombre mundial, descansando y admirando el asombroso decorado interior decimonónico y el ir y venir de los camareros sorteando con habilidad las mesas y los clientes a velocidad de paso atlético en un reducido y laberíntico espacio.

Nos dejamos guiar por Baldor, que aún en tierra continúa ejerciendo de capitán, y tras una búsqueda por las estrechas callejuelas en las que nació el fado, encontramos en la Rua do Norte el lugar que buscaba: O Cantinho do Bem Estar, un pequeño restaurante típico con apenas seis mesas en no más de 30 m2, que recomendamos a cualquier viajero amante de las tradiciones. Pese a la llovizna, aguardamos en la calle a que hubiera una mesa disponible, y vive Dios que valió la pena. Tras degustar la exquisiteces que nos preparó el patrón y comprobar las delicias que son sus vinos, no olvidemos que Oporto es conocida en el mundo por ellos, el propio patrón se unió a nosotros en agradable sobremesa que se prolongó hasta bien entrada la tarde, pidiéndonos detalles de nuestra aventura y deseándonos que la llevásemos a feliz término, como corresponde a un cantinero lisboeta acostumbrado a ver desfilar ante sí a numerosos nautas que recalan en este jardín del Atlántico que es la capital lusa. Gracias, Baldor, por ser tan buen capitán en tierra como en la mar, nunca lo olvidaremos.

Seguimos nuestro recorrido a pie por las calles del Chiado, y finalmente tomamos el tranvía, un lujo al alcance de todos, que nos transportó por estrechamientos sinuosos y pendientes increíbles hasta la mismísima Plaza do Comerço, en la que Emilio se entristeció al advertir la mutilación que supone la supresión de la célebre escalinata que se adentraba en el mar océano, como símbolo del poderío marítimo de la nación portuguesa en el pasado, y que cantó como nadie Luis de Camoëns.

Regreso al barco en autobús observando los barrios del trayecto y escuchando los comentarios y conversaciones de sus gentes, y preparativos para reanudar ya la marcha, diciendo adiós a la Lisboa "antigua y señorial", y zarpando a las 22 horas rumbo a Oporto, nuestra próxima escala.

 

29 de Octubre de 1.999, Viernes, 9º día

Salimos sin dificultad del estuario del Tajo, y tras dejar atrás un Estoril fulgurante y animado en esta noche de fin de semana, nos situamos a la vista del punto más occidental de Europa, el Cabo Roca, la nariz de la península ibérica. En este punto y al filo de la medianoche, recibimos un aviso de Víctor Canal, también piloto de la Marina Mercante, gran amigo mío y con gran bagage cultural, quien desde su casa de Villaverde de Pontones me comunica que ha recibido una llamada telefónica de nuestro común amigo Michi, en el que le muestra su inquietud por no poder comunicar con nosotros y trasmitirnos que ha recibido en su Centro de Salvamento Marítimo del Estrecho un aviso de temporal del NW con vientos de fuerza 8 y olas de 5 metros, que comenzará a sentirse en la noche de este mismo viernes por la zona en la que navegamos.

Como Baldor se acaba de acostar, no quiero interrumpir su descanso y decido aguardar un poco para comunicarle esta novedad, quizás por no ejercer de agorero en un momento de buena mar y aproximándonos ya al final de la aventura.

Se lo digo en nuestra guardia en común, cuando el reloj de a bordo marca las 3 horas de la madrugada, y me inquieto por la cara de preocupación que muestra y por el silencio prolongado que sigue a mi noticia.

Echamos en falta la información meteorológica de las estaciones costeras que en este tramo portugués parecen mudas o no existen, y reflexionamos sobre la situación los dos solos en la oscuridad del puente comentando que por provenir de Michi la información, se trata de una información de primera mano y privilegiada que debe ser tenida muy en cuenta, mientras el Tamore se desliza con facilidad a 12 nudos y con rumbo N, cortando con su proa el manto atlántico que parece plateado a la luz de la luna, cual si de la alfombra mágica de Simbad el Marino se tratara.

Tras rebasar las luces de Nazaré y Figueira da Foz, comunicamos la mala nueva a Carlos y Manuel, continuando la práctica del capitán que ha sido una constante en todo el viaje de informar a la tripulación ante una situación de toma de decisiones, decidiendo entre todos contrastar la información recibida de forma privada y como únicos destinatarios, con la oficial que pueda haber en nuestra próxima escala en Leixoes, puerto de Oporto.

Nuestra idea era visitar el museo de tranvías y las famosas bodegas, para realizar al día siguente la etapa final de nuestro viaje atracando en Sanxenxo, pero antes había que confirmar el aviso de temporal, por lo que nada más tocar en el muelle de Leixoes saltaron del Tamore Baldor y Emilio, dejando las tareas de amarre para Carlos y Manuel, y dirigiéndose casi a la carrera a la Capitanía del Puerto, donde corroboraron que el aviso de temporal era efectivo y que en poco tiempo lo que parecía una mar bella y sin problemas podría transformarse en una trampa para cualquiera que estaría en ella.

Baldor decide allí mismo zarpar de inmediato para tratar de llegar a nuestro destino antes de que se desencadene el mal tiempo en una pirueta más para evitarle, e incluso sin rellenar los formularios que nos ofrecieron los funcionarios de la Capitanía para no entretenernos, consiguiendo por mi parte convencerle durante el retorno al Tamore para que me concediera unos pocos minutos más para comprar pan del día en una panadería cercana que nos habían indicado, zarpando de Leixoes veinte minutos después de haber llegado, y diciendo adiós a nuestro proyecto de museo de tranvías, de visita a bodegas incluyendo degustación de caldos, y de comida en restaurante típico.

Para alegrarnos, y como compensación, el capitán anuncia que va a preparar dos monumentales tortillas, que regadas con vino de Rioja, fueron después consumidas con fruición por el personal de a bordo, mientras el Tamore seguía avanzando arrullándonos con el sonido tenue y monocorde de su poderosa máquina.

Vemos Póvoa de Varzim y Viana do Castelo por estribor, y a la altura de la frontera hispano-lusa observamos como la mar comienza a rizarse y un viento frío nos azota la cara, preludio indudable de que la predicción de temporal comienza a materializarse cuando comenzamos a ver en el horizonte la silueta del Cabo Silleiro.

Bordeamos las islas Cíes, de gran belleza, dejándolas por el costado de babor en previsión de que el temido temporal nos alcanzase antes, dando rumbo directo a Sanxenxo, final de nuestro viaje, que aparece ya difuminado a lo lejos frente a la isla de Ons y envuelto en una neblina fantasmal de color panza de burra, arribando felizmente a su puerto cuando la luz del día está a punto de ceder su puesto a la noche.

En el pantalán divisamos la figura corpulenta e inconfundible del armador y propietario del buque que nos esperaba impaciente a pie firme en el muelle, antes de la hora que le anunciamos que llegaríamos intentando engañarle para que nos diera tiempo a entregar la embarcación en perfecto estado de revista, amarrada, y lista para nuevas singladuras. No habíamos contado con que nos las habíamos con un hombre de mar, gallego fino y responsable, que nos consta estuvo preocupado por nuestra suerte durante todo el tiempo de nuestro viaje.

Tras los abrazos y saludos efusivos en el mismo muelle de amarre, nos trasladó en compañía de su esposa Carmen a la cercana localidad de Carril, en donde nos esperaban unas monumentales bandejas de ostras en un restaurante cuyo nombre lamento no recordar, que regadas con Moët Chandom tuvieron la virtud de hacernos olvidar las penalidades sufridas. En la sobremesa, comentamos diversas anécdotas vividas en la aventura que estaba a punto de terminar con el matrimonio anfitrión y con otro matrimonio que se unió a esta recepción de bienvenida por su indicación, sabiendo entonces que el armador, D.Enrique S. Segrelles, es un eminente ginecólogo, ya que según su jocosa expresión, "lo suyo son las cuonas".

Finalizado el ágape, el matrimonio Segrelles nos trasladó a su preciosa casa de San Vicente do Monte, lugar paradisíaco y de paz absoluta, en la que nos entregamos al filo de la medianoche a un sueño reparador de más de diez horas en una cómoda y confortable cama que, oh milagro!, no se movía.

 

30 de Octubre de 1.999, Sábado, 10º día

Pasadas las 10 de la mañana despertamos, advirtiendo a través de la ventana de nuestro dormitorio que el temporal había estallado en toda su plenitud, por el golpear de la lluvia en los cristales y el cimbreo de los árboles y plantas de la generosa vegetación que nos rodeaba inclinándose por la fuerza del viento furioso, celebrando en nuestro fuero interno la acertada decisión de Baldor en Leixoes al zarpar de inmediato, y agradeciendo sinceramente a Víctor Canal y a Michi su providencial aviso que nos alertó cuando más confiados estábamos por la proximidad del fin de trayecto.

Tras un frugal desayuno en un salón de la planta baja con vistas a un idílico jardín, apuramos los últimos momentos de la tradicional hospitalidad gallega, trasladándonos nuevamente los Segrelles al puerto de Sanxenxo, en cuyo Club Náutico nos aguardaba ya Víctor Canal para llevarnos a Carlos y a mí de regreso a Santander.

Despedida sentida, con alegría y con pena a la vez por el final del viaje, y fin de la aventura que supone la vuelta a la Península Ibérica con tiempo más malo que bueno, pero que realizada con espíritu deportivo y responsable nos ha permitido al capitán y a la tripulación aprender más y endurecernos aún más, y al armador disponer de su barco para nuevas singladuras y aventuras en ese entorno maravilloso que son las Rías Baixas.

Gracias a todos los que hicieron esto posible, a ti Enrique por otorgarnos tu confianza sin conocernos, a ti José Manuel por proponérnoslo y por el buen hacer y gran profesionalidad que has demostrado en todo el trayecto, y como no, a ti Manoliño y a ti Carlos por vuestra valiosa e inestimable colaboración, permitiéndome improvisar estas líneas apresuradas, y vivir juntos una aventura inolvidable.

 

Emilio García

 

Diciembre de 1.999

 

 

Documento cedido por García Peritos, S.L. Peritos de Seguros

 

 

         
         
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